Martín Chirino

El niño que quería mover el horizonte

Autor: Jesús M. Castaño

Ilustraciones: Maria Padilla

Martín Chirino fue uno de los escultores más importantes del siglo XX. Aunque su nombre ha traspasado fronteras, él siempre reconoció como fuente de inspiración el paisaje de su Canarias natal. Ávido de conocimiento, viajó alrededor del mundo para aprender de diferentes culturas, que abrieron sus horizontes a una obra única que condensa el arte de tres continentes. Sus esculturas, grandes piezas de hierro en las que juega con todo tipo de geometrías espaciales, son un derroche de imaginación y talento que le han convertido en el mejor embajador de la cultura canaria, y española, en todo el mundo.

Tanto el registro de la narración como el estilo de las imágenes están adecuados a lectores a partir de 7 años. El texto está adaptado a Lectura Fácil para promover su comprensión incluyendo a aquellas personas con dificultades lectoras. El contenido así como las ilustraciones se aseguran de tratar temas didácticos transversales a los ámbitos de actividad del personaje, de cara tanto a la lectura en familia como al uso en centros escolares y al refuerzo al programa educativo.

Las páginas finales del libro contienen una biografía resumida del personaje y una cronología que lo enmarca en la evolución de su disciplina, entre otros personajes destacados.

NUESTROS ILUSTRES

Este título está incluido en Nuestros Ilustres —la serie de biografías de destacados personajes, locales y nacionales, de los ámbitos de la ciencia, la cultura y la historia—, que pretende servir de soporte cultural y educativo, así como de apoyo extracurricular a diversas asignaturas.

Cada título aproxima a los niños a un personaje de nuestra historia cuya trayectoria haya contribuido significativamente al desarrollo y la calidad de vida de la sociedad.

Nuestras publicaciones desean apoyar la labor de creadores, pedagogos y maestros, sin cuyo esfuerzo y generosidad sería imposible el milagro de la transmisión del saber que, como el fuego de una antorcha, debe acrecentarse cada vez que pasa de una generación a la siguiente. Sin la encomiable entrega de estos profesionales y sin la curiosidad innata de nuestros mayores cómplices —todos los niños y niñas a los que ha picado alguna vez el chinche prodigioso de la lectura—, muy poco de lo que hacemos tendría sentido.

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